La Victoria de la Sencillez

La Victoria de la Sencillez

LA VICTORIA DE LA SENCILLEZ

 Entramos por aquel húmedo pasadizo. Todo estaba tapizado con pelos negros de aspecto bastante desagradable. Era bonito ver el techo translúcido. Me senté un rato a contemplarlo; el hecho de ser un pionero no quita para saber aprovechar los momentos de belleza que te brinda el camino. Los demás se apresuraban en entrar, pero yo nunca fui de los que tienen prisa. No la necesitas para hacer un buen trabajo. Íbamos a hacer algo grande y quería disfrutar de los pequeños detalles.

Sentía el viento yendo y viniendo por el pasadizo, entraba frío y salía cálido. ¿Qué queréis que os diga? Me fui hacia el calor. Las paredes del túnel cada vez eran más pegajosas, de hecho muchos de mis compañeros se iban quedando atrapados en aquella masa viscosa. Eso es lo que pasa por ansias, que es mejor mirar por donde va uno, que no me canso de repetirlo.

Noté una leve sacudida y mi instinto me puso en alerta. El viento entraba como en espasmos. Me agazapé en un pequeño recoveco y me agarré todo lo fuerte que pude. ¡Aaaaah! ¡Aaaaah! ¡Aaaaah! Y de repente: ¡Chiisssss! Un viento huracanado arrasó todo el túnel. Todo el material viscoso salió despedido llevándose con él a todos los compañeros que había quedado allí atrapados. Cuando el ambiente se calmó hicimos un recuento. Aún éramos muchos, más que suficientes.

Al rato llegamos a una zona donde el túnel se ensanchaba y caía en picado. Me pareció un lugar precioso para prosperar. Las paredes eran más suaves, sin aquellos horribles pelos, y la mucosidad era más jugosa y cálida. Decidí quedarme allí, sabía de oídas que más al fondo, por muy apetecible que aparentase ser, las cosas eran más difíciles. Muchos de mis compañeros tomaron mi misma decisión, pero algunos otros se dejaron engatusar por falsas expectativas y continuaron túnel abajo. Nunca más supimos de ellos.

 

Vi que un par de tipos extraños se interesaron en mí y vinieron a saludarme.

—Hola, buenos días, ¿eres nuevo por aquí?

—Hola. Sí, así es, llegué hoy mismo y creo que me voy a quedar. Parece un lugar agradable.

—Sí que lo es. Yo llegué hace un par de días y me gustó tanto que aún no he decidido donde fijarme. Además, me encontré con este tipo y hemos hecho buena amistad. Nunca había visto a nadie como él, pero tampoco a nadie como tú.

—¡Qué gracia! Yo tampoco había visto a ningún tipo como vosotros. Os parecéis a los míos, pero vosotros no sois tipo C, ¿verdad?

—No, que va. Yo soy un tipo B y este otro es un A. Son un tipo que habla poco, pero por lo visto son la leche. Preparan unas infecciones de lo más brutales. Venga anda A, cuéntale lo de tu familia.

—Bueno, no es que quiera presumir, pero las mejores pandemias en humanos de la historia son las nuestras, aunque bien es cierto que nuestra edad dorada fue en 1918, cuando nos cargamos a casi 100 millones de humanos —dijo A sin querer alardear. Me quedé atónito, era algo majestuoso. Nunca había oído nada parecido.

—¿Ves? ya te dije que estos tipos eran la leche —Me dijo B riendo.

—De todos modos cada año es más difícil —continuó A—, porque os tengo que confesar que no lo hacíamos solos. Teníamos un convenio con algunas bacterias para que atacasen por la retaguardia mientras nosotros nos batíamos con los anticuerpos. Y eran bacterias tan bestias que provocaban unas neumonías mortales, pero claro, hemos tenido que rescindirles el contrato porque no son capaces de hacer frente a los antibióticos y ahora caen como moscas. Llevan mal lo de innovar y claro, así no se puede.

—¡Qué nos vas a contar, si nosotros mutamos todos los años! —les dije, sintiéndome orgulloso de ser un tipo C.

—¡Toma! Pues como todos los tipos de influenzavirus —me dijo B—. Esa es nuestra principal ventaja competitiva: que somos los mayores pioneros del mundo.

—Y eso que no hablamos de lo que hacemos en otros animales, porque en patos también las hemos liado pardas —el tipo A nos miraba con orgullo mientras hablaba.

—¿Qué me cuentas? ¿En patos? ¡Ala! De eso no me habías dicho nada —B estaba emocionado—. Nosotros sólo vivimos en humanos.

—Bueno B —intervine—, nosotros en patos no, pero en cerdos sí que hemos hecho algo también.

—Pues nosotros… —B hizo memoria—. Bueno, espera, ahora que lo decís sí que recuerdo algo que me contó un familiar de una buena fiesta en… focas.

—¡Focas! —dijimos a la vez A y yo realmente sorprendidos—. ¿En focas? ¿Lo dices en serio?

—Que sí, que sí. No recuerdo los detalles porque me lo tomé a risa, pero ahora que sé lo vuestro creo que también podemos hacerles buenas infecciones a las focas.

—Vaya tela —les dije—. Tan parecidos y tan distintos. Menos mal que tenemos las infecciones en humanos en común, que si no a ver cómo nos hubiésemos conocido. De todos modos, ¿no tenéis a más de vuestro tipo por aquí?

—No, que va. Nos hemos quedado solos. En algún momento nos despistamos y nos dispersamos solos. De ahí que no tengamos prisa en infectar, porque nosotros solos poco vamos a poder hacer.

—Hay que ser más disciplinados, hombre —reflexioné—. Que sin compañeros no hay fiesta. Bastante fallamos ya de por sí, que para que un virus logre infectar una célula con su material genético casi que tiene que sonar la flauta, que tenemos muy malas estadísticas al respecto.

—Yo creo que es porque gastamos tanto tiempo en investigar mutaciones que nos hagan invisibles a los sistemas inmunes que no sacamos ideas para mejorar la infección.

—Puede que tengas razón, B. Si queréis podéis uniros a nosotros. Ya sé que una infección con los C no es tan emocionante, A, pero es lo que hay, o eso o nada.

—Pues venga, yo me uno —dijo B.

—Bueno va, si no me queda otra… —dijo A un poco triste.

—Vale, pues esperaremos a la señal.

 

Estuvimos paseando por la zona un tiempo. Palpábamos el terreno eligiendo células que fuesen buenas para infectar. De vez en cuando pasaban algunos linfocitos de reconocimiento por allí y nos echábamos unas risas a su costa, pues no se enteraban de la misa la media y nos trataban como a meros turistas. B, que era un cachondo mental, incluso llegó a hacerse algún selfie con ellos.

Pasamos unos buenos ratos. Saludábamos a los compañeros que aún seguían pasando por allí, nos contábamos batallitas de otras epidemias y disfrutábamos metiéndoles miedo a las células, a las que palpábamos lascivamente, como quien palpa un jugoso bizcocho. Por muy simple que sea la vida puede ser un gran placer si se tiene una buena compañía.

 

Cuando por fin llegó la señal ya teníamos bien claro a qué célula nos íbamos a fijar. Corrimos a nuestras posiciones e iniciamos el protocolo de replicación. Sentí escalofríos cuando mi cápside esférica se fundió con la membrana citoplasmática de la célula hospedadora. Pude sentir su miedo exacerbado, pero eso sólo me excitaba más. Fui penetrando poco a poco, hasta completar el placentero proceso de endocitosis. Me olvidé por completo de mis amigos B y A y de todos mis compañeros. Era un momento para disfrutar en soledad, la máxima realización a la que puede aspirar un virus como yo.

Todo iba saliendo a la perfección. El protocolo de fijación es realmente complejo y pocas veces termina exitosamente. Os lo cuento así de una manera sencilla, pero es realmente complejo: intervienen multitud de factores, proteínas específicas que hay que saber muy bien dónde poner y receptores celulares que hay que estimular de una determinada forma para que la célula te deje entrar.

Dentro de la célula eucariota, esas que tienen núcleo y otras muchas estructuras complejas, como son las de los humanos, todo parece un sueño. Hay multitud de orgánulos que nos son completamente exóticos. Nosotros, los virus somos mucho más sencillos, apenas una cápside de proteínas y un poco de material genético. Incluso los virus de la gripe ni siquiera tenemos ADN, que es material genético complejo de doble cadena, sino que tenemos ARN, que es de cadena única. Muchos pensarán que por ser simples somos despreciables, pero que va, no tenemos ningún complejo de inferioridad. Nosotros sabemos que en la sencillez está la belleza. Es más que probable que nuestros antepasados, hace millones de años, también fueran células procariotas, de esas sin núcleo, como las bacterias. Pero descubrimos que la sencillez era muchísimo más ventajosa si decides vivir de parásito. Por eso evolucionamos despojándonos de todo lo prescindible. ¿Para qué malgastar energía en desarrollar complejos sistemas de reproducción y respiración celular si los puedes tomar prestados de otras células? Cuanto más posees más esclavo te vuelves; más vulnerable. Gracias a nuestra sencillez podemos resistir las más duras condiciones y somos muy difíciles de atacar, pues apenas tenemos puntos débiles. Ya ves, somos muy zen.

 

Solté mis ocho fragmentos de material genético y alguna proteína accesoria y disfruté contemplando como la célula lo fue integrando en su núcleo como si fuese su propio ARN. Imaginaros el placer: toda la célula eucariota, con su soberbia, con sus aires de superioridad, de ser más compleja, más evolucionada, trabajando para mí, un sencillo virus que de nada presume. ¡Cuántas tonterías asociada a la evolución, con todo eso de la complejidad y el progreso puestas en entredicho con mi simple infección!

Primero transcribirá el ARN y después lo traducirá, bloqueando todo su propio mecanismo celular hasta que termine con lo mío. En mi ARN está toda la información necesaria para que la célula lo traduzca y construya las proteínas que forman el cuerpo vírico y las rellene con copias de mi material genético. Eso sí, como los virus de la gripe somos unos innovadores natos, hacemos que cada nuevo virus formado lleve una mutación. Así, cuando salgan al exterior de la célula, en un proceso prácticamente inverso al de cómo entré yo, el sistema inmune del humano no los podrá reconocer ni, por tanto, atacar.

Es por eso que el cuerpo de los humanos se vuelve loco con nosotros. Se podría decir que se defiende a cañonazos, siendo nosotros moscas. Los linfocitos se llevan todo lo que pillan por delante, se producen procesos inflamatorios y febriles con el fin de exterminarnos, pero el cuerpo también sufre, y empiezan los mocos, los dolores y la tos.

 

Ahora que la infección está en su apogeo, calentito y con sensación de plenitud, puedo escuchar los estornudos y toses de mi anfitrión. Son música para mis oídos. Puedo sentir a mis descendientes dispuestos a salir despedidos con cada golpe de tos, ansiosos de conquistar nuevos territorios, al igual que yo conquisté este.

 

¿Y yo? Bueno, puede que este sea mi fin. Mi placentero fin. O quizá no, quizá quede una parte de mí en cada nuevo virus producido. Muchos caerán en esta infección, pues al final, el sistema inmune es un digno enemigo y termina por imponer la calma, aunque tarde una semana en enterarse de qué va la vaina. Pero otros muchos habrán salido para participar en nuevas infecciones o quedarán escondidos y latentes en algún frío lugar a la espera de un nuevo cambio de estación.

Sea como fuere, siempre seremos parte de tu vida. Sólo te pedimos una cosa: no nos confundas con un vulgar catarro de tres al cuarto, los virus de la Gripe somos mucho más. Somos la victoria de la sencillez.

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La Victoria de la Sencillez by Ibán Revilla is licensed under a Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional License.

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