Cultura científica, ¿para qué?

Cultura científica, ¿para qué?

En 1957, una esfera metálica que emitía un simple “bip, bip, bip…” cruzó el espacio por encima de los Estados Unidos causando el terror colectivo de su población. Habían pasado doce años desde que ellos mismos sobrevolasen el espacio aéreo de Japón arrojando las dos bombas nucleares que rindieron al imperio. Unas décadas antes, la Primera Guerra Mundial había sido todo un derroche de innovaciones tecnológicas puestas al servicio de la muerte. Parece claro que la posesión de tecnología innovadora daba una ventaja competitiva a la nación que la desarrollase, y cuando el Sputnik sobrevoló los Estados Unidos le generó a su población un complejo de inferioridad que solo se subsanó cuando Neil Armstrong puso el primer pie en la Luna.

Para ello no se escatimó ni un dólar. La cifra de los recursos invertidos marearía a cualquiera. La carrera espacial se había convertido en el estandarte del desarrollo de las naciones y sólo había sitio para dos competidores: los Estados Unidos de América y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Era el tiempo de la Guerra Fría y mientras en las alturas Laika, Valentina Tereshkova y Yuri Gagarin competían con el Programa Apolo, en la superficie cientos de cabezas nucleares amenazaban a toda la humanidad.

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Módulo lunar

Desde principios del siglo XX, la investigación científica se iba adentrando en terrenos cada vez más complejos. Ya no valía con la mera observación de la naturaleza; había que inmiscuirse en los secretos más profundos de la existencia. Física nuclear, exploración espacial, ingeniería química y biológica… eran campos que requerían grandes inversiones para su desarrollo, que nadie podría asumir a título individual. Ya no había hueco para galileos que observasen los cielos con sus telescopios de fabricación casera, ni siquiera para darwins viajeros y cultivadores de datos.

Nace la cultura científica

Solo los estados tenían el dinero y el interés para desarrollar investigación básica, pero las inversiones necesitaban el respaldo de una población consciente de la importancia de la  tecnología para el desarrollo económico y militar. La URSS, con su economía planificada no tenía ningún problema a la hora de justificar gastos, pero EEUU, que pretendía defender los valores de la democracia, sí que debía dar cuenta, en mayor o menor grado, de su inversión.

A mediados del siglo XX, pensadores como C.P. Snow, que defendía la abolición de la distinción entre “ciencias y letras”, o Vannevar Bush, que promovió los estudios de percepción pública de la ciencia, contribuyeron a hacer entender la necesidad de fomentar el conocimiento científico en la ciudadanía. Se partía de la premisa de que cuantos más conocimientos científicos se adquiriesen, mayor sería el apoyo mostrado a la inversión en ciencia. Por lo tanto se necesitaba generar una imagen positiva de las innovaciones científicas ligada a la identidad nacional. Bajo el eslogan de “cuanto más lo conoces más lo quieres”, la solución para enganchar la ciudadanía a la ciencia parecía una cuestión de tiempo e inversión en educación.

Sin embargo los estudios de percepción de la ciencia posteriores cuestionaron esta hipótesis de partida. Saberse al dedillo una lista de afirmaciones “universales, objetivas y neutrales” que presuntamente todos deberíamos conocer no escondía el secreto del éxito para conseguir que la población se mostrase a favor de aumentar el gasto público en investigación. Aun así, la forma en la que se mide la imagen de la ciencia, fundamentalmente a través de cuestionarios, continúa siendo prácticamente la misma a día de hoy.

La importancia del contexto

Pese a este empecinamiento metodológico, los datos obtenidos han sido tenaces a la hora de señalar nuevos elementos que complican el análisis de la actitud de la población ante la ciencia: valores, experiencias, creencias, confianza institucional y, más adelante, la controvertida noción de riesgo.

La nueva hipótesis, por tanto, sería que las actitudes favorables hacia la ciencia están influidas por variables subjetivas, relacionadas con el contexto social. Esto ha dado lugar al tratamiento específico de determinados colectivos (mujeres, jóvenes, empresarios/as…) al llegar a considerar que existen tantas percepciones de la ciencia como circunstancias en las que se produce el encuentro de la ciudadanía con la ciencia1.

Una consecuencia lógica de esta nueva visión es el esfuerzo que se hace para acercar la ciencia a la vida cotidiana de las personas: ferias científicas en la calle, museos más interactivos, shows televisivos… Ya no importa tanto que la ciudadanía tenga determinados conocimientos, sino despertar su interés por la ciencia, por lo que habrá que hacerla más atractiva y seductora.

Algunas voces críticas advierten del peligro de que esta tendencia derive en la superficialidad de la ciencia espectáculo: una mera representación vacía de contenido donde lo importante son las explosiones y el humo de las pipetas más allá de la comprensión del proceso. No es de extrañar que, en los últimos años, se haya consolidado una relación entre el tipo de interés que genera la ciencia con el que despierta el deporte y los espectáculos2.

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Science in the Rockies. Steve Spangler igniting methane-filled bubbles in the hands of a young teacher at Science in the Rockies 2011.

Del conocimiento a la acción

Es hora de volver a preguntarnos el para qué de la cultura científica y la idoneidad de los cuestionarios tradicionales. En esta línea, el Cuestionario PICAintroduce una variable despreciada hasta la fecha: la acción. Es decir, qué comportamiento tiene la ciudadanía respecto a la ciencia y cómo hace uso de ella en su vida cotidiana. No es baladí. La grandeza de la ciencia reside en su método. ¿De qué sirve que un ciudadano sepa que la Tierra se mueve en torno al Sol si después no es capaz de tomar una decisión racional como consumidor en el supermercado? ¿O que sepa que la luz es una partícula y una onda al mismo tiempo pero que no sepa distinguir lo fortuito de lo causal cuando acude a la consulta del médico?

Hoy en día el panorama de los estudios sobre percepción de la ciencia anda algo revuelto. Las circunstancias históricas han cambiado mucho: una vez caído el telón de acero los gobiernos han perdido interés por convencer a la ciudadanía de las bondades de sus inversiones en ciencia y tecnología. En la mayor parte de los países europeos prima un contexto de recorte generalizado en los presupuestos de I+D y en los partidos cunde una preocupante desafección por la ciencia. En definitiva, la instrumentalización de la cultura científica ya no despierta el interés de antaño. Lo cual, bien mirado, puede ser una suerte. Liberados de ese yugo es hora de que la cultura científica regrese al lugar que le corresponde: a la vida cotidiana de la ciudadanía.

Para ello hará falta dejar de fomentar el conocimiento científico entendido como mero esfuerzo memorístico y hacer apología del método científico y del pensamiento crítico. Ese que nos blinda frente a  parlanchines y pseudociencias, ese que nos ayuda a desmontar teorías de la conspiración, el que nos proporciona incertidumbre y no verdades absolutas, que nos permite tomar mejores decisiones, comprender mejor el mundo en el que vivimos y, en definitiva, fortalecer la democracia generando políticas éticas basadas en la evidencia.

Ibán Revilla (@ibanrevilla)

Irene López (@irelopeznavarro)

Proyecto CCe (@Proyecto_CCe)

www.culturacientificaempresarial.es

 

Referencias:

  1. Einsiedel E (2000) Understanding ‘Publics’ in the Public Understanding of Science. In: Dierkes M, Von Grote C (eds) Between Understanding and Trust: The Public, Science and Technology. Amsterdam: Harwood Academic Publishers, pp. 205–216.
  2. Muñoz van den Eynde, A., Laspra, B. y Díaz García, I. (2016). El estudio de la Cultura científica. El cuestionario PICA sobre percepción, interés, conocimiento y acciones relacionadas con la ciencia (pp. 21-22). Madrid: Ciemat.
Entrevista: Irene López Navarro

Entrevista: Irene López Navarro

Irene López Navarro. Socióloga del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

<<Nuestro objetivo es conocer cuál es la percepción de la ciencia en los empresarios>>

El edificio I+D+i de la Universidad de Salamanca apenas tiene un par de años de vida. Por fuera reluce con las planchas de cobre que intentan mimetizarse con la piedra de Villamayor, esa con la que están hechos gran parte de los edificios de la ciudad. Hemos quedado con Irene López cuando termine su charla en el Máster en Estudios Sociales de la Ciencia y la Tecnología en la que presenta su proyecto de investigación sobre la percepción de la ciencia en los empresarios españoles.

Pregunta.- Antes de nada quería darte la enhorabuena por el premio extraordinario de doctorado que recibiste ayer. ¿Nos puedes decir cuál fue el tema de tu tesis y con quién la hiciste?

Respuesta.- Gracias por la felicitación. Mi tesis iba sobre todas las preocupaciones, motivaciones y actitudes que se generan entre los investigadores españoles ante el hecho de tener cierta presión para publicar en inglés. Tuve dos directores de tesis, uno perteneciente al CSIC y otra perteneciente a la Universidad de León y tuve de tutor a Miguel Ángel Quintanilla (ex Secretario de Estado de Investigación).

P.- Lograr el doctorado ¿te abrió nuevas oportunidades laborales?

R.- Te puedo dar un dato muy sintomático: la tesis la terminé en el paro (risas). Lo peor de todo es que no es una particularidad mía. Hay mucha gente en la misma situación. Estamos aquí porque nos gusta lo que hacemos y disfrutamos muchísimo, pese a que es una profesión dura en la que no siempre cobras por lo que haces. Pero según van pasando los años te replanteas si merece la pena. Es decir, damos lo mejor de nosotros pero ¿hasta cuándo vamos a estar solapando contratos? Yo tengo 32 años, pero es que hay gente con 40 que sigue así. Y eso te afecta también a tu vida personal, por lo que llega un momento en que te preguntas si no será mejor irse a otro país donde se pueda investigar con mejor calidad de vida.

P.-  ¿En qué consiste tu proyecto actual?

R.- Nuestro objetivo es conocer cuál es la percepción de la ciencia en los empresarios españoles. Partimos de la premisa de que la comunicación entre la ciencia y la empresa es bastante deficiente, como señala el hecho de que todos los que hacen política científica intenten conectar estos dos sectores, aunque sin resultados positivos. Parece ser que no es solamente cuestión de dinero o de incentivos, sino que también hace falta que las empresas reciban y se crean el mensaje de que es importante invertir en I+D+i y actúen en consecuencia.

P.-  En la charla que has dado antes me preguntaba qué diferencias habrá entre la mentalidad de las empresas españolas y las de Silicon Valley que tanto conocimiento aplican.

R.- Siempre tenemos al caso estadounidense como referencia en innovación y a veces es un poco complicado hacer comparaciones con ese país tan particular. En Europa también se desarrolla mucha investigación, al menos en número de publicaciones. ¿Por qué aquí no se aplica ese conocimiento de igual modo? Hay autores que han cuestionado la calidad de la investigación europea, no sólo de su aplicación, pero yo creo que en esa brecha entre ciencia y mercado hay muchas variables sociológicas que no se están midiendo. Hay una cultura empresarial que interfiere en que la empresa no se acerque a la universidad. Además de que en la universidad tampoco existe una tradición que facilite su acercamiento a la empresa.

También cambia el modelo de financiación, que en Estados Unidos se basa en incentivos fiscales mientras que en España se basa en subvenciones y líneas de crédito que no terminan de ser apetecibles para las empresas.

También está el tema de las spin off, que son empresas que se podrían crear directamente desde la universidad, aportando al mercado empresarios muy familiarizados con la cultura científica. Precisamente esta semana leí una tesis basada en entrevistas a investigadores y uno de ellos decía que este tema ha sido un tabú en las universidades hasta hace cinco minutos y que si proponías algo al respecto tu valía investigadora podía ser cuestionada.

No terminamos de ver lo productivos, y no sólo a nivel económico, que pueden llegar a ser los vínculos universidad y empresa. Existe mucho rechazo por parte de la comunidad investigadora; se ve como algo extravagante que no tiene mucho que ver con la idea ortodoxa de lo que es hacer ciencia. Además que el sistema de evaluación no premia, sino que penaliza, todo el trabajo que no sea estrictamente publicar en revistas con alto factor de impacto. Es algo similar a lo que se llama el efecto Sagan en divulgación científica: el tiempo que dedicas a ello lo estás dejando de invertir en las tareas que posteriormente te evaluará el tribunal encargado de valorar tu calidad investigadora.

P.- ¿Cómo vais a tratar el concepto de cultura científica en vuestro proyecto?

R.- Tenemos que solventar el problema de que no exista un modelo teórico suficientemente consensuado. Esto es básico para saber cómo interpretar los datos de las encuestas. Existe un modelo de partida que sería el de la alfabetización científica, centrado en cuánto sabe la gente de ciencia. A este modelo se le han ido añadiendo variables de actitudes, intereses y compromiso hacia la ciencia, pero nos siguen faltando conceptos relacionados con la acción y lo social. Es decir, nos falta la conexión entre el conocimiento o el interés que puede tener un ciudadano en temas científicos y sus actos y decisiones en la vida cotidiana. En nuestro caso, queremos saber, por ejemplo, si existe una relación entre los empresarios que realizan I+D y su participación en foros científicos o el uso de determinadas fuentes de información especializadas. También nos interesa analizar cómo el entorno empresarial influye en la percepción que tienen los empresarios españoles acerca de las instituciones científicas.   Ibán Revilla

Irene López

Irene López Navarro nació en Madrid en 1984. Se licencia en Sociología por la Universidad Complutense y comienza una intensa carrera como investigadora social. En su experiencia profesional destaca su paso por el Instituto de Estudios Sociales Avanzados (IESA) de Córdoba, el Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CCHS) del CSIC y el Instituto Universitario de Estudios de la Ciencia y la Tecnología (ECYT) de la Universidad de Salamanca.

Entre tanto, obtiene el Máster en Estudios Sociales de la Ciencia y la Tecnología de la Universidad de Salamanca y se doctora en esa misma universidad en 2015. Sin embargo, su carrera profesional no ha hecho que deje de lado su vida privada y ha sido madre mientras escribía su tesis doctoral, que finalmente ha sido reconocida con el Premio Extraordinario de Doctorado.

Actualmente continúa su labor investigadora con un proyecto del Ministerio de Economía sobre cultura científica en la empresa en el que participan el Instituto de Filosofía del CCHS-CSIC de Madrid y el ECYT de Salamanca.