Esto lo Cambia Todo

Esto lo Cambia Todo

Naomi Klein. “ESTO LO CAMBIA TODO. El capitalismo contra el clima”. Ed Paidós. (704 páginas, 24,00€)

Me gusta mucho oír a mi madre contar historias de cuando ella era pequeña y en el pueblo caían unos nevazos tan grandes que la gente tenía que hacer caminos con palas. Yo apenas he visto tres o cuatro nevazos y nunca fue necesario usar palas para salir de casa. Me entristece pensar que mi hija es posible que ni siquiera vea nevar copiosamente; salir a la calle y cazar copos con la boca, rebozarse en nieve y sentir ese ardor insoportable cuando tus manos logran recuperarse del frío infinito que te deja una buena batalla de bolazos.

Naomi Klein confiesa que le dolía mirar paisajes hermosos pues solo podía pensar en su inevitable destrucción. Y ese dolor se hacía más grande cuanto más bellos eran los parajes naturales. A mí me reconforta saber que todo es parte de la imparable evolución de la vida. Incluso la destrucción y la extinción son parte de ese proceso. Pero confieso que también sufro ese pesar cuando pienso en que es a nosotros mismos a los que les estamos haciendo la vida imposible. El planeta seguirá ahí, evolucionando con nuevas formas de vida, pero si seguimos así, el ser humano ya no formará parte de ese mundo.

Y sin embargo nos consideramos la única especie racional de todo el planeta, ni siquiera nos consideramos parte de la naturaleza. Nos hemos erguido sobre ella y hemos liberado nuestras manos para poder dedicarnos a su sometimiento.

Llegamos a nuestro apogeo cuando la máquina de vapor, alimentada con carbón, nos independizó de los procesos naturales. Los barcos ya no dependían de vientos y corrientes por lo que el comercio ya no tenía límites. Las fábricas ya no necesitaban corrientes de ríos para funcionar, por lo que se podrían construir en las ciudades, donde se podía hacinar a la gente hasta que su lucha por salir de la miseria le hiciese trabajar por poca cosa a cambio. Y así el capitalismo y el afán extractivo se impuso en nuestras conciencias como símbolos de progreso y prosperidad.

Pero pronto vimos que este modelo era bastante insalubre, por lo que hubo que deslocalizar la producción y sacar de nuestras ciudades europeas su contaminación. No importaba, había mucho mundo, muchos lugares que podíamos sacrificar en honor al progreso. Cada vez más lejos, cada vez más profundo, cada vez de formas más agresivas. Miles, millones de sacrificios al dios del progreso: montañas, ríos, valles, pueblos, comunidades, países.

¿Pero qué pasa cuando es el aire nuestro cubo de basura? ¿Cómo le dices al aire sucio que se quede en África o Bangladesh? ¿Cómo les dices, a día de hoy, a alguien que su vida es sacrificable, que su país solo importa por lo que tiene bajo el suelo?

Todo se ha vuelto global, incluso la contaminación. El cambio climático es la más clara evidencia de que el sistema económico occidental, basado en la extracción sin límites, sobre todo de combustibles fósiles, y en el crecimiento infinito no funciona. O al menos no puede funcionar durante mucho más.

Es un sistema que nos ha hecho sentirnos infalibles, pero somos vulnerables por naturaleza. Necesitamos otros seres vivos para que nos den de comer, pero también necesitamos sociedad. No podemos vivir solos. ¿Por qué seguimos comportándonos como si fuésemos capaces de vivir solo con dinero? ¿Por qué nos cuenta tanto aceptar que necesitamos un cambio en nuestro modelo económico?

Tenemos tecnología suficiente para poder vivir todos dignamente de una manera sostenible en el tiempo. La energía es infinita y podemos obtenerla de múltiples fuentes. ¿Por qué es tan difícil entender que el sol, el viento, el calor interno del planeta pueden abastecernos? ¿Por qué es tan fácil iniciar tecnologías como el fracking o las arenas bituminosas?

¿Será que lo que no estamos dispuestos a aceptar, de ninguno de los modos, es que debemos agacharnos y dejar de intentar someter a la naturaleza? Aceptarnos como parte y no como elegidos. Renunciar al extractivismo sin límites. Fomentar políticas globales que protejan a los más vulnerables ante las catástrofes meteorológicas que nos aguardan y participar en las iniciativas locales que busquen cambios en el modelo energético. Desarrollar tecnologías de bajo impacto ambiental. Es decir, vernos como una familia en la que ningún miembro puede ser sacrificado por interés propio, porque el propio interés es el de la familia.

Quizá estemos a las puertas del cambio más grande al que haya asistido la humanidad. Muchos sabemos ya que debemos ir todos a una para evitar nuestra extinción. Unos pocos siguen aferrados a sus privilegios suicidas. ¿Quién ganará la partida? ¿La cooperación o la extinción? Sea como sea, como dice Naomi Klein: “Esto lo cambia todo”.

 

El libro lo podéis encontrar en cualquier librería o biblioteca. Si lo vas a comprar procura que sea en una bonita librería de cuyo dueño te puedas hacer amigo.

esto lo cambia todo
Inteligencia vegetal

Inteligencia vegetal

Stefano Mancuso nos presenta, junto a la periodista Alessandra Viola el libro Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal, publicado en España por la Editorial Galaxia Gutenberg y traducido por David Paradela López (144 páginas, 14,50€).

El libro comienza por generalidades y detalles históricos que muestran cómo las plantas han sido tratadas con desdén en nuestra cultura. Capítulo a capítulo, los autores nos van metiendo en un fascinante mundo que resulta exótico y desconocido; más si uno se reconoce aficionado a la botánica.

Se presenta al reino vegetal como un conjunto de individuos difusos, que debido a su estilo de vida sésil han adoptado estructuras descentralizadas, es decir, sin órganos vitales que pudiesen comprometer la supervivencia ante la presión ejercida por los animales. Tendríamos que hablar de algo más cercano a una colonia que a un individuo.

Debido a ese estilo de vida sésil y descentralizado, la sensibilidad a los estímulos, tanto externos como internos, y sus órganos receptores difieren enormemente de los de los animales, lo que no significa que la planta no pueda procesar la información y tomar decisiones. Más aún, el grado de sensibilidad vegetal parece ser muy superior al animal, ya que les permite responder a un gran abanico de estímulos químicos y físicos.

La fascinación que despierta el libro va aumentando en el capítulo sobre la comunicación de las plantas y llega a su clímax en el último capítulo dedicado a la inteligencia vegetal.

Ya es asombroso analizar la comunicación que existe entre plantas y animales; sería imposible entender las plantas con flores sin hablar de su relación con los insectos, por ejemplo. Pero cuando se habla de la comunicación entre las propias plantas es cuando el libro adquiere la capacidad de llevarte a un mundo fascinante. Y es que entramos de pleno en el debate sobre qué es la vida y qué somos nosotros mismos, los humanos. Para entender el reino vegetal nos vemos obligados a retroceder varios pasos para ampliar nuestro punto de vista y eso nos permite reflexionar sobre el individuo y lo colectivo, sobre lo que es una sociedad y los comportamientos emergentes que provoca.

Y eso nos lleva, inevitablemente, a hablar de la inteligencia y de la gran dificultad que tenemos para definirla sin caer en la tentación de otorgar a los humanos su exclusiva. ¿Será eso lo que nos hace sentir tan solos en el universo? ¿lo que nos lleva a crear dioses a nuestra imagen y semejanza? ¿a explorar el cosmos en busca de otra vida “inteligente”?

Dice Mancuso: “La inteligencia nos une, no nos divide.” Podemos hablar de un gradiente, pero difícilmente podremos señalar un origen de la inteligencia, es decir, nosotros somos inteligentes (¿no?), ¿lo era también el neandertal? ¿y el chimpancé, el delfín, el perro, el lagarto, el rape, la lombriz? ¿y la ameba que es capaz de salir de un laberinto? Quizá no sea una cuestión cualitativa, sino cuantitativa, es decir, la inteligencia quizá sea innata a la propia vida y se distinga entre especies por valores meramente cuantitativos.

Las plantas, por su parte, esconden muchas respuestas y ofrecen muchos ejemplos para el desarrollo de la inteligencia artificial y redes como internet, pues su inteligencia descentralizada y sus raíces que funcionan en enjambre son lo más parecido al descubrimiento de inteligencia extraterrestre que podamos hacer. De hecho, si no reconocemos la inteligencia vegetal ¿cómo podremos reconocer la inteligencia en otros planetas? ¿Sólo la reconoceremos como tal si es idéntica a la nuestra?

En resumidas cuentas. “Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal” es una muy recomendable lectura y Stefano Mancuso es uno de esos científicos a los que habrá que seguir la pista muy de cerca.

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