Inteligencia vegetal

Inteligencia vegetal

Stefano Mancuso nos presenta, junto a la periodista Alessandra Viola el libro Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal, publicado en España por la Editorial Galaxia Gutenberg y traducido por David Paradela López (144 páginas, 14,50€).

El libro comienza por generalidades y detalles históricos que muestran cómo las plantas han sido tratadas con desdén en nuestra cultura. Capítulo a capítulo, los autores nos van metiendo en un fascinante mundo que resulta exótico y desconocido; más si uno se reconoce aficionado a la botánica.

Se presenta al reino vegetal como un conjunto de individuos difusos, que debido a su estilo de vida sésil han adoptado estructuras descentralizadas, es decir, sin órganos vitales que pudiesen comprometer la supervivencia ante la presión ejercida por los animales. Tendríamos que hablar de algo más cercano a una colonia que a un individuo.

Debido a ese estilo de vida sésil y descentralizado, la sensibilidad a los estímulos, tanto externos como internos, y sus órganos receptores difieren enormemente de los de los animales, lo que no significa que la planta no pueda procesar la información y tomar decisiones. Más aún, el grado de sensibilidad vegetal parece ser muy superior al animal, ya que les permite responder a un gran abanico de estímulos químicos y físicos.

La fascinación que despierta el libro va aumentando en el capítulo sobre la comunicación de las plantas y llega a su clímax en el último capítulo dedicado a la inteligencia vegetal.

Ya es asombroso analizar la comunicación que existe entre plantas y animales; sería imposible entender las plantas con flores sin hablar de su relación con los insectos, por ejemplo. Pero cuando se habla de la comunicación entre las propias plantas es cuando el libro adquiere la capacidad de llevarte a un mundo fascinante. Y es que entramos de pleno en el debate sobre qué es la vida y qué somos nosotros mismos, los humanos. Para entender el reino vegetal nos vemos obligados a retroceder varios pasos para ampliar nuestro punto de vista y eso nos permite reflexionar sobre el individuo y lo colectivo, sobre lo que es una sociedad y los comportamientos emergentes que provoca.

Y eso nos lleva, inevitablemente, a hablar de la inteligencia y de la gran dificultad que tenemos para definirla sin caer en la tentación de otorgar a los humanos su exclusiva. ¿Será eso lo que nos hace sentir tan solos en el universo? ¿lo que nos lleva a crear dioses a nuestra imagen y semejanza? ¿a explorar el cosmos en busca de otra vida “inteligente”?

Dice Mancuso: “La inteligencia nos une, no nos divide.” Podemos hablar de un gradiente, pero difícilmente podremos señalar un origen de la inteligencia, es decir, nosotros somos inteligentes (¿no?), ¿lo era también el neandertal? ¿y el chimpancé, el delfín, el perro, el lagarto, el rape, la lombriz? ¿y la ameba que es capaz de salir de un laberinto? Quizá no sea una cuestión cualitativa, sino cuantitativa, es decir, la inteligencia quizá sea innata a la propia vida y se distinga entre especies por valores meramente cuantitativos.

Las plantas, por su parte, esconden muchas respuestas y ofrecen muchos ejemplos para el desarrollo de la inteligencia artificial y redes como internet, pues su inteligencia descentralizada y sus raíces que funcionan en enjambre son lo más parecido al descubrimiento de inteligencia extraterrestre que podamos hacer. De hecho, si no reconocemos la inteligencia vegetal ¿cómo podremos reconocer la inteligencia en otros planetas? ¿Sólo la reconoceremos como tal si es idéntica a la nuestra?

En resumidas cuentas. “Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal” es una muy recomendable lectura y Stefano Mancuso es uno de esos científicos a los que habrá que seguir la pista muy de cerca.

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