Hipérbole castellana

Hipérbole castellana

HIPÉRBOLE CASTELLANA

Arrancó apresuradamente. No tenía ni un segundo que perder. Se puso el cinturón de seguridad cuando el coche ya rodaba por la calle. Era la oportunidad que siempre había estado esperando; esa reunión iba a cambiar su vida, lo sabía, tenía que ser. Pero, ¿cómo podían habérselo dicho tan de repente? “Es que vaya gente, con apenas un par de horas de antelación, habrase visto”, y él a más de una hora de Salamanca, “mira que no habrá días”, y se lo tienen que decir hoy, cuando se le ocurre ir a visitar a su madre a Ávila. ¡Para un día que va a verla! Casi diez años trabajando en la Universidad y por fin va a conseguir un contrato. Es que vaya historia, cómo está el patio, que uno tiene que trabajar años y años por la cara, para que le hagan ir ahora con la lengua fuera para ver si es posible firmar un contrato. “¡No habrá tiempo! ¡Qué manía de dejarlo todo para última hora!”

—Oye Fernando, que esta tarde se cierra el plazo para presentar tu contrato, que no nos habíamos dado cuenta que mañana es festivo, que es San Juan de Sahagún. Te tienes que venir antes de las cuatro para firmar los papeles y fotocopiar el DNI, que Isaac se va a las cinco y tiene que dejarlo todo preparado, y luego el decano tiene que poner su firma para que la secretaria lo meta en registro antes de las seis, que cierran. Luego, ya veremos cómo hacemos para adjuntar el proyecto y conseguir las firmas de los asesores y los profesores adjuntos que van a tutelar tu trabajo. Anda corre vente para acá.

—Pero si estoy en Ávila, que acabo de llegar para comer con mi madre, que hace mucho que…

 

Ya en la autovía Fernando no puede sosegarse, su corazón va a tal velocidad y con tanta fuerza que siente como palpita una vena en su frente. El pie se le cae en el acelerador, provocando un alarmante exceso de velocidad que sólo se ve reprimido por la visualización del velocímetro que tiembla como si él también sintiese el vértigo.

—¿Ande vas, flipao? Que por aquí suele estar el radar.

Siempre le ha llamado la atención lo largo y pesado que se le hace este tramo de autovía entre Salamanca y Ávila. Mira que es monótono el paisaje, es como si no hubiese nada diferente en todo este trecho. Vale, que sí, que los campos de cultivo también tendrán su encanto, que sí. Pero él no se lo ve. De hecho, está cansado de esa réplica; que siempre que lo comenta aparece alguien para contradecirle:

—Pues a mí me gustan los campos de Castilla, con sus parcelas de colores, sus cereales bailando con el viento. Sobre todo en primavera, cuando todo se pone verde a rabiar. Esos horizontes tan amplios, ese cielo tan azul, ese paisaje tan vasto…

—Pues para ti todo, que a mí me aburre miserablemente. Que cada vez que tengo que ir a Ávila se me hace el viaje eterno y me aburro hasta lo indecible.

Es verdad: no sabe qué tendrá ese tramo de planeta que se le antoja no terminar nunca. No ocurre lo mismo en ninguna otra carretera por la que haya ido en su vida. De hecho, prefiere ir en tren por no aguantar el sopor al volante. Todo se hace distinto; tardará lo mismo o más incluso, pero la sensación que le deja es placentera. En el vagón se relaja y disfruta de un agradable rato de soledad; incluso le parece que discurre por un paisaje más salvaje, con más encinas y más rocas. Siempre ha sentido especial cariño por las encinas y el granito; le evocan un mundo muy primitivo y sincero, no le preguntes por qué.

 

Espero que el contrato salga y que por fin tenga un sueldo decente, aunque sea para tres años.” Afuera los campos se deslizan con desgana. Apenas nota avanzar, pese a llevar el coche a casi cuatro mil revoluciones y en quinta. Es entonces cuando un pensamiento rasga su concentración; fugaz y áspero, doloroso, desolador: “¡El móvil! ¡Las llaves de casa! ¡La cartera! ¡Pero seré gilipollas!… ¡El DNI!” Tiene que volver a Ávila, dar media vuelta. Es que necesita el DNI, que tiene que hacer la fotocopia, “¡ay carajo! ¿Cuánto queda para la siguiente salida?” ¿Por dónde va? “Ah, mira, ahí adelante voy a pasar por encima de la vía y de la nacional y a la izquierda hay un pueblo”, sí, es San Pedro del Arroyo, tiene que haber una salida cerca, “¿o me la habré pasado ya? ¡Ay!” Resulta que tiene que hacer más de cinco kilómetros más hasta que encuentra la salida de Chaherrero. Está a unos treinta y cinco kilómetros de Ávila ¿le dará tiempo a coger el DNI y llegar a Salamanca antes de las cuatro? Mira el reloj que le apremia con un catorce cuarenta y dos.

 

Jamás, digo jamás, nada se le ha hecho más insufrible que el regreso a Ávila, aparcar, subir a la casa de su madre y recoger lo que se había dejado allí. Menos mal que su madre seguía en casa.

—Hijo, ¿qué pasa? ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? ¿Por qué estás aquí? ¿No tenías tanta prisa por llegar a Salamanca? —El susto es evidente.

—Mamá, no pasa nada. Es que me he dejado aquí las cosas, y las necesito.

—Ay hijo, qué cabeza…

 

Regresa al coche, al laberinto de rotondas con Muralla que es la ciudad de Ávila, a la A-50 que es la autovía de Salamanca, a los campos infinitos y espesos. Pierde todo el poco respeto que le queda a los límites de velocidad y se lanza a una carrera contrarreloj que seguramente le lleve a caer en las garras de algún agazapado radar.

Da lo mismo, incluso parece que el ansia que le corroe hace que el paisaje se ralentice aún más. “Creo que llevo viendo esa loma gran parte de mi vida”. Pasan ya un par de minutos de las tres y media cuando llega al límite provincial de Salamanca. El cartel que señala la linde se le antoja envejecido, como si le hubiese dado demasiado el sol. De hecho, al pasar junto al cartel nota ese cambio de sonido de fondo que indica que se ha cambiado de asfalto, lo que le hace ser consciente de que ha ido por un tramo con el pavimento muy desgastado, aunque no sabe desde cuándo y que ahora va a disfrutar de otro recién echado. “Vaya, no me había dado cuenta de que la carretera estaba tan desgastada. Menos mal que ya la están arreglando.”

 

Cuando por fin entra en la ciudad de Salamanca está al borde de un ataque de pánico, pues son ya las cuatro menos diez. No le va a dar tiempo a llegar a la facultad. Los nervios le tienen muy alterado, pero aun así en su cabeza saltan algunas alarmas, pues va viendo negocios, tiendas y locales en los que no se había fijado nunca. En la gran rotonda de Capuchinos explota: “Pero si eso era la Peugeot. ¿Cuándo ha pasado a ser un VIPS?” Lo cierto es que hay varios pequeños detalles que le van llamando mucho la atención según penetra en la ciudad: los semáforos son muy modernos, algunos negocios han cambiado… ¡incluso hay un nuevo carril bici en el puente de Felipe VI! “Qué demonios…” Sigue por la carretera de Madrid hasta el puente de Sánchez Fabrés, por el que cruza el Río Tormes. Su asombro ya es total cuando se dispone a entrar en la Vaguada de la Palma y descubre que lo que antes era una calle con asfalto ahora tiene adoquines. Le llama la atención una señal que informa del uso compartido de la calle con bicicletas. “Pero si esta mañana…” El reloj ya marca las cuatro menos cinco. “No llego, no llego”. Intenta acelerar, pero la calle está diseñada de tal forma que no puede pasar de veinte kilómetros por hora; además hay gente por todos lados, disfrutando de un precioso día de Junio en una calle que por arte de magia está repleta de árboles y zonas verdes. Sube la Cuesta de Oviedo, que rodea al Palacio de Congresos y va directo al parking de enfrente a la facultad de ciencias. “¡Joder! Si parece otra ciudad. Sí, sí, es Salamanca, está como siempre… o al menos muy parecida… ¿Más vieja? ¿Más nueva? ¡Leches!, ¡Ostias! ¿Qué pasa aquí?”

Deja el coche y sale corriendo hacia la Facultad de Físicas, donde ha pasado largas horas de su vida, primero estudiando y luego trabajando en el Departamento de Física Fundamental sin tener un contrato decente en la vida. Pero ahora lo va a conseguir. No puede ser que por unos minutos no le arreglen los papeles. Corre con toda su alma, vuela sobre los adoquines de la calle hasta que llega al edificio y se estrella contra la puerta. “¿Por qué está cerrada? ¡Cómo que está cerrada!” Empuja, forcejea, tira, golpea.

—¡Eh! ¿Hay alguien ahí dentro? Que la puerta se ha cerrado. ¿Me abrís?… ¡eeeeh!

Nadie contesta, la puerta no cede. Está cerrado y punto. No puede ser. “¡Qué mierda es esta! ¿Cómo que cerrado? ¿Y ahora?” Saca el móvil para llamar al departamento, pero el móvil no le deja. Una notificación llena la pantalla: “Tarjeta SIM no válida”. “¿Y ahora qué le pasa al maldito móvil?” Lo reinicia mientras sigue golpeando la puerta, pero el problema persiste. “Maldito móvil”. ¿Dónde se han metido los de la facultad? ¿Por qué está cerrado? “Hoy no, por favor, hoy no”, que lleva esperando este día muchos años. “Hoy no. ¡Hoy no!”

–Perdone, ¿sabe por qué está cerrada la facultad? —Le pregunta a un chaval que pasa por allí.

—Será porque es sábado, ¿no?

—Pero si hoy es jueves —La sangre se le está helando, siente un mareo—.

—No, no, hoy es sábado, no fastidies, que hoy es día de descanso —La cara del chaval ofrece una simpática mueca mientras prosigue su paseo—.

Fernando está desesperado. ¿Cómo que sábado? ¿Por qué se le tiene que estropear el móvil? ¿Qué va a hacer ahora? Como pierda el contrato por esto… ¿Y qué pintas tan raras tenía el chaval? ¡Si parecía sacado de un cómic!

Decide buscar a alguien para pedirle que le deje hacer una llamada. El único número que se sabe de memoria es el de la casa de su madre. Aparecen un par de adolescentes por la esquina. Fernando se acerca y les explica su intención. Las dos chicas se miran divertidas, sueltan una risilla y le ofrecen un bulto que parece una bola de papel.

—¿Y esto?

—¿Pues no querías un móvil?

—Sí claro, pero ¿para qué me das esta bola?

Las dos chicas primero ponen una cara como la de quien se enfrenta a un marciano y acto seguido estallan en carcajadas rotundas y sonoras.

—¡Eso es un móvil de grafeno! Extiéndelo.

Fernando queda perplejo. Desarruga la bola, la extiende y se encuentra con una pantalla de por lo menos ocho pulgadas.

—Y ¿cómo se desbloquea? o mejor, ¿podéis llamar vosotras al número que os diga?

Suenan los tonos de llamada y al cabo de unos segundos oye cómo descuelgan.

—¿Quién es?

—Hola mamá, soy yo, Fernando, que se me ha estropeado el móvil y la facultad está cerrada y…

—¿Quién?

—Yo, Fernando.

Silencio

—¿Mamá?

—¿Quién es usted? Esto no tiene gracia, no, ninguna, ¿cómo puede tener tan poca vergüenza?

—Mamá, ¿qué pasa? Que soy yo, de verdad, que soy yo, hazme caso, por favor, que estoy en un apuro muy gordo…

—¿Fernando? ¿Eres tú? —Se oye un golpe y vuelve el silencio. Por más que Fernando llama a su madre, ésta ya no responde.

—¡Mamá! ¡Mamá! ¿Estás bien?, ¿Qué ha pasado? ¡Mamá!

Silencio.

Fernando lo deja por imposible. Está asustado, muy asustado. A su madre se la oía cansada y esa forma de terminar la conversación le ha dejado muy preocupado, le tiene que haber pasado algo. Le devuelve el móvil a su dueña, que lo estruja y lo guarda en el bolso mientras le mira con un gesto de clara incomodidad. Fernando se le queda mirando, casi con una mirada perdida, o quizá tan profunda que la chica se siente intimidada. Está aterrado, una idea empieza a tomar forma en su cabeza y cuanto más crece más confundido se siente.

—¿Qué día es hoy?

—Sábado —Contesta la otra chica.

—No, ¿qué día es hoy, de fecha?

—Once de Junio.

Fernando traga saliva.

—¿De qué año?

—De 2022.

 

Uno no es consciente de la cantidad de cosas que usa en su día a día para facilitarse la vida y Fernando las ha perdido todas: Tarjetas de crédito, dinero, móviles, identificaciones, correo electrónico, etc. Por no hablar de las personas a las que pedir un favor. Todo se le ha caducado o ha perdido utilidad. ¿Quién le iba a decir que nadie le reconocería en Salamanca? ¿O que con sus Euros no podría comprar ni comida? “Ay qué desgracia la mía, ¡qué desgracia! Que no he podido ni sacar el coche del parking” Si ha tenido hasta que mendigar para poder volver a Ávila a casa de su madre y se ha quedado atónito cuando le han dado pesetas.

—Mamá, por favor, abre que soy yo, tu hijo.

—¡Mentiroso! Mi hijo desapareció. Está muerto —El llanto la desgarra hasta el punto de hacer incomprensible sus palabras—.

—Abre y mírame, que soy yo, joer. Que soy Fernando, tu hijo —Fernando está agotado, no puede más—.

La puerta se abre, la madre se rompe en un llanto susurrante que parece salir incluso por los poros de la piel. Se abalanza sobre su hijo, le abraza, le pega manotazos, farfulla mil cosas sin sentido, ríe, vuelve a llorar y desfallece. Pasan algunas horas hasta que la madre consigue recobrar la compostura.

—Tienes que ayudarme mamá. No sé qué me ha pasado, pero no he desaparecido por voluntad propia. Yo me fui a Salamanca y algo ha pasado por el camino que me he hecho viajar siete años hacia el futuro —sabe de sobra que su madre no está entendiendo nada. Su cara le delata—.

—Hijo… —mirada perdida y silencio—.

—Mamá que me est… —comprende que no puede seguir por ese camino, al menos de momento—. ¿Puedo comer algo?

 

Un par de días después parece que la calma regresa. Al menos ya está alimentado, aseado y vuelve a disponer de dinero. “¡Válgame dios! ¡Otra vez Pesetas! ¿Qué habrá pasado en estos siete años?”. Es hora de enfrentarse al problema. Tiene que saber qué le ha pasado. Él es físico teórico, tiene que lograr una explicación racional al hecho de haber viajado al futuro. También quiere saber todo lo que ha pasado en el mundo en estos siete años. “Algo muy gordo, sin duda… anda que… ¡Pesetas!” Encuentra a su madre cosiendo en el salón.

—Oye mamá, ¿qué ha pasado para que desaparezca el Euro y volvamos a tener Pese..? —Fernando se detiene en seco como un perro de caza ante una presa. La madre está zurciendo unas medias. Entre sus manos tensa la licra creando una superficie tensa y lisa que se deforma ante la presión de las manos de su madre.

—¿Qué dices hijo?

—¡Quieta! ¡Quieta! ¡No te muevas! —del susto que le mete, la madre da un respingo y tira todo el costurero al suelo—.

Sin hacer caso a su madre, que le recrimina el susto, Fernando coge las medias, las tensa en su mano y hunde una y otra vez la nariz en la superficie lisa de la lycra mientras sonríe de forma bobalicona.

—¿Se puede saber qué demonios estás haciendo? —la madre está cada vez más convencida de que su hijo se ha vuelto loco—.

—¡Es esto! Tiene que ser esto. ¡Mamá! Es esto, claro que sí —Fernando se ríe a carcajadas—. Tengo que hablar con los del departamento.

 

Cuando por fin da con Santi, el que fuera su mejor amigo durante sus años en el departamento, tiene que volver a lidiar con el tema de su desaparición.

—Yo es que aun no entiendo nada, ¿Cómo vas a haber desaparecido durante siete años? Eso es imposible, no me entra en la cabeza.

—Pero ya ves que así es. A ti te han salido canas y tienes cuarenta y un años, pero yo sigo tal y como estaba hace una semana, bueno perdón, digo hace siete años ¿No ves que no he envejecido, que sigo igual que a los treinta y cuatro? ¿No ves que estoy absolutamente perdido en este mundo?

—Todo esto es muy raro —Santi mantiene un evidente rencor—. Estas cosas no se le hacen a un amigo; menos a una madre.

—Vamos Santi, que me tienes que creer, que no lo he hecho a propósito. ¿Te crees que iba a torturar así a mi madre? Esto es muy fuerte, ¡una locura! Pero es verdad. Yo estaba en Ávila en 2015, a punto de comer con ella. Me llaman los del departamento y me vengo volando para Salamanca y cuando llego… ¡es 2022! ¡Ay dios! ¿Es que me he vuelto loco?

—No sé Fer, no sé. Ya ni me acuerdo de lo que hacía yo en 2015. Dejé la Universidad en 2016, ¿sabes? y desde entonces me he dedicado a cualquier otra cosa que no sea la investigación. No tengo ni idea de cómo explicar lo que me cuentas.

—Tiene que ser algo relacionado con la teoría de la relatividad, como si hubiese viajado a la velocidad de la luz o a través de campos gravitacionales muy potentes, no sé, como en la película esa del Maciu Makconajaug, o cómo leches se pronuncie.

—Matthew McConaughey, ¿de qué peli hablas? ¿De Contact?

—No, no, otra más reciente, la de Interstelar

—Ah sí ¡Uff! La vi ya hace tantos años… que no me acuerdo casi de nada.

—Pues resumiendo: Un astronauta viaja casi a la velocidad de la luz hasta unos planetas con una gravedad muy superior a la nuestra y cuando por fin regresa ve que en la Tierra ya han pasado muchos años, pese a que él sólo ha estado fuera unos cuantos meses. Todos sus seres queridos han muerto o son muy mayores, pero él sigue hecho un chaval.

Santi se toma su tiempo para rememorar la película y algunos apuntes de su época de estudiante de Físicas.

—A ver si recuerdo bien: la Teoría de la Relatividad nos dice que lo que importa es el punto de referencia que tomemos. Así, respecto a esa referencia, tendremos objetos o partículas que sufrirán un paso del tiempo más acelerado cuando mayor sea su velocidad o la fuerza del campo gravitacional al que estén sometidos —Hace un esfuerzo por recordar y continúa titubeante—. A esto último se le llama Dilatación Gravitacional del Tiempo, ¿no?

—¡Exacto! Veo que no has olvidado todo. El espacio-tiempo es como una tela de lycra extendida sobre la que se colocan los cuerpos celestes y las partículas. Cuanto más grande sean más deformarán la lycra. Eso es lo que viene a decir la Teoría de la Relatividad General. Luego estaría la Teoría de la Relatividad Especial que hacer referencia a campos electromagnéticos en los que el tiempo ya no es un factor decisivo. Es decir, trata de entornos más reducidos, por lo que sus mecanismos son más parecidos a la física newtoniana clásica — Fernando exprime sus dotes de persuasión—. Mi teoría es que por algún motivo desconocido, yo he estado sometido a un campo gravitacional tan potente que ha podido deformar el espacio-tiempo normal de la Tierra, haciendo que para mí el tiempo pasase muy rápido, mientras que vosotros estabais tan tranquilos. Y por eso te necesito, para que me ayudes a descubrir qué campo gravitacional he podido atravesar.

 

El siete de noviembre de 2026, tras varios años de trabajo financiado, en parte con el dinero aportado por la madre de Fernando, que ha vendido un piso que tenía en Torrevieja, en parte con un proyecto europeo que logran Fernando y Santi, consiguen terminar un artículo científico que trata de explicar por qué Fernando no ha vivido los mismos siete años que el resto de la humanidad mientras se desesperaba en la autovía A-50 que comunica Ávila con Salamanca.

 

—Bueno Fernando, ahí está nuestra explicación. ¿Tú crees que nos la van a publicar en alguna revista?

—Psie! Puede que lo único que logremos sea que nos encierren en un manicomio. Pero yo me siento muy satisfecho y orgulloso del trabajo que hemos hecho.

—Vaya tela. Eso sí, por datos no será, pero no sé yo cómo se van a tomar los de las revistas el capítulo literario.

Debido a lo especial de su investigación decidieron poner toda la carne en el asador y lograr datos y más datos que confirmasen su observación: en la A-50 había una deformación profunda del espacio-tiempo. En el departamento su trabajo había causado mucho revuelo y habían sido muchos los compañeros que se ofrecieron para ayudar. Pese a que el artículo cumplía los requisitos más básicos de cualquier publicación académica y era extremadamente riguroso en la metodología, entre todos decidieron que se debía introducir un capítulo más literario, pues era éste y no los datos, el que permitía comprender lo que realmente sucedía en la A-50.

 

“Ancha es Castilla y vastos sus paisajes. Lejos de sus bordes montañosos, llenos de frondosos bosques y especies endémicas, el plano de la meseta se arruga en suaves lomas divididas en polígonos multicolor. Hace ya mucho tiempo que estos suelos no reciben ninguna sombra. Los árboles se hicieron leña y los hubo que hasta se pudrieron bajo el mar, cientos de kilómetros al norte, convertidos en cascarones de barcos que fueron a defender la fe católica frente a los herejes ingleses y que lo único que lograron fue bordear las islas británicas, hundiéndose uno a uno, bajo la curiosa mirada del Duque de Medina-Sidonia que aún se preguntaba qué sería aquella masa de agua salada tan grande que no había visto nunca antes.

En un páramo, desde entonces, se extienden los campos de cereal castellano. Un paisaje quizá bello en su sobriedad, sin nada que despunte sobre el resto. Las colinas son suaves; los ríos, apenas arroyos, prescinden mayormente de remolinos y bosques de ribera. Siempre con una iluminación perfecta de cielos claros y brillantes desde donde el Sol agosta los veranos sin piedad. Remata el cuadro un horizonte infinito que llega hasta aquellas lejanas montañas adornadas con el brillo de las nieves invernales.

Es tierra áspera de destinos polvorientos, de tradiciones arraigadas como la grama, de caminares lentos y desprecios por las innovaciones. Jamás un paisaje se identificó tanto con la personalidad de sus habitantes, que también incorporaron el páramo en su carácter. Todo lo que llena este cachito de Universo, ya sea humano o natural, es vasto y pesado, de gran inercia estática. Resistente a los cambios, reaccionario y plomizo… ¿Quién iba a decir que tanto aplomo junto adquiriría tal Gravedad que terminaría deformando hasta el mismísimo espacio-tiempo?”

 

—Pero ya veis, es así —Dijo Fernando con pose chulesca y confiada—. A escala humana el Universo también puede darnos grandes sorpresas con depresiones espacio-temporales. Las condiciones que se deben dar, son las derivadas de un campo gravitacional de extrema potencia como es, en el caso que tratamos, la suma del paisaje y del carácter castellano. Creíamos que la sociología o la cultura no podían interferir en las leyes físicas, pero resulta que no es así. Todo depende del punto de referencia que se considere y cuando lo fijamos en una sociedad o cultura, ésta se hace tan importante que es capaz de interferir en la constitución de la realidad. La Cultura es performativa, que diría un sociólogo.

El auditorio escuchaba pasmado. Estaba lleno hasta la bandera. Cuando se confirmó que el artículo sería publicado en una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo se generó tal revuelo que se habían visto obligados a ofrecer una conferencia. Hasta en los bares se hablaba de ello, incluso le habían entrevistado en La Gaceta Regional.

—Ya sabéis que la gravedad es consecuencia directa de la masa de los cuerpos. Por eso no podemos salir al espacio así como así, porque el planeta nos atrapa en la superficie con su gravedad. También hay que tener en cuenta que los cuerpos, sean los que sean, son meros acúmulos de energía. En el caso castellano, al sumar la energía de la vastedad del paisaje con la energía de la sobriedad del carácter de sus habitantes se genera un aglomerado energético de tal densidad que es capaz de deformar el espacio-tiempo y alterar el ritmo normal del tiempo en la Tierra. Lo que aún no sabemos es por qué se ha producido esta deformación precisamente en algún punto de la A-50 y no en cualquier otro lugar de Castilla. Quizá sea por mero azar.

—En mi caso, no puedo decir que sintiese la experiencia de atravesar la depresión espacio-temporal. Quizá algún leve mareo o la sensación de que el viaje entre Ávila y Salamanca se me hacía muy largo, pero en aquel momento lo achaqué más a la ansiedad que tenía que a otra cosa. Sin embargo los efectos posteriores fueron devastadores y puedo afirmar, sin ningún género de dudas, que la experiencia de viajar al futuro no es algo que pueda recomendar a nadie. Está sobrevalorada. He estado a punto de matar a mi pobre madre del susto y casi pierdo los pocos amigos que tenía.

—Tampoco puedo decir que fuese algo intencionado. No lo busqué. Viví esta experiencia por pura casualidad. Imagino que habrá más gente a la que le haya pasado, pero vete tú a saber dónde estarán ahora. Habría que repasar la listas de desaparecidos. Puede que alguno esté en un tiempo aún por llegar, en el siglo XXIII o yo qué sé. Quizá también habrá que buscar en los psiquiátricos e interrogar a quienes afirman ser de otra época.

—El día de mi “viaje” ocurrieron cosas que me hicieron pasar por esa autovía cuatro veces en muy breve espacio de tiempo y he de reconocer que a gran velocidad. Durante todo ese tiempo fui consciente de lo vasto, pesado y cansino que es ese trozo de autovía y no hice más que quejarme de ello, con creciente intensidad. Creo que eso fue la gota que colmó el vaso: el hecho de estar un buen rato “frotándome” contra la depresión mientras la “alimentaba” con mi estado mental. Ya ven, ir a Ávila y volver a Salamanca dos veces seguidas mientras no se cesa de refunfuñar puede ser algo extremadamente peligroso para su vida.

 

Al finalizar la conferencia el público estalló en aplausos y los periodistas se afanaban por abordar a Fernando. Sin embargo, éste se escabulló como buenamente pudo y se fue con Santi y sus colegas de departamento a tomarse uno pinchos.

—Uff! Vaya locura. Espero que el revuelo pase pronto… oye, y ahora que me doy cuenta. Hemos estado tan volcados con la investigación que se me ha olvidado una cosa: ¿alguien me puede explicar por qué hemos vuelto a las pesetas?

Licencia de Creative Commons
Hipérbole castellana by Ibán Revilla is licensed under a Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional License.

DESCARGAR
La Victoria de la Sencillez

La Victoria de la Sencillez

LA VICTORIA DE LA SENCILLEZ

 Entramos por aquel húmedo pasadizo. Todo estaba tapizado con pelos negros de aspecto bastante desagradable. Era bonito ver el techo translúcido. Me senté un rato a contemplarlo; el hecho de ser un pionero no quita para saber aprovechar los momentos de belleza que te brinda el camino. Los demás se apresuraban en entrar, pero yo nunca fui de los que tienen prisa. No la necesitas para hacer un buen trabajo. Íbamos a hacer algo grande y quería disfrutar de los pequeños detalles.

Sentía el viento yendo y viniendo por el pasadizo, entraba frío y salía cálido. ¿Qué queréis que os diga? Me fui hacia el calor. Las paredes del túnel cada vez eran más pegajosas, de hecho muchos de mis compañeros se iban quedando atrapados en aquella masa viscosa. Eso es lo que pasa por ansias, que es mejor mirar por donde va uno, que no me canso de repetirlo.

Noté una leve sacudida y mi instinto me puso en alerta. El viento entraba como en espasmos. Me agazapé en un pequeño recoveco y me agarré todo lo fuerte que pude. ¡Aaaaah! ¡Aaaaah! ¡Aaaaah! Y de repente: ¡Chiisssss! Un viento huracanado arrasó todo el túnel. Todo el material viscoso salió despedido llevándose con él a todos los compañeros que había quedado allí atrapados. Cuando el ambiente se calmó hicimos un recuento. Aún éramos muchos, más que suficientes.

Al rato llegamos a una zona donde el túnel se ensanchaba y caía en picado. Me pareció un lugar precioso para prosperar. Las paredes eran más suaves, sin aquellos horribles pelos, y la mucosidad era más jugosa y cálida. Decidí quedarme allí, sabía de oídas que más al fondo, por muy apetecible que aparentase ser, las cosas eran más difíciles. Muchos de mis compañeros tomaron mi misma decisión, pero algunos otros se dejaron engatusar por falsas expectativas y continuaron túnel abajo. Nunca más supimos de ellos.

 

Vi que un par de tipos extraños se interesaron en mí y vinieron a saludarme.

—Hola, buenos días, ¿eres nuevo por aquí?

—Hola. Sí, así es, llegué hoy mismo y creo que me voy a quedar. Parece un lugar agradable.

—Sí que lo es. Yo llegué hace un par de días y me gustó tanto que aún no he decidido donde fijarme. Además, me encontré con este tipo y hemos hecho buena amistad. Nunca había visto a nadie como él, pero tampoco a nadie como tú.

—¡Qué gracia! Yo tampoco había visto a ningún tipo como vosotros. Os parecéis a los míos, pero vosotros no sois tipo C, ¿verdad?

—No, que va. Yo soy un tipo B y este otro es un A. Son un tipo que habla poco, pero por lo visto son la leche. Preparan unas infecciones de lo más brutales. Venga anda A, cuéntale lo de tu familia.

—Bueno, no es que quiera presumir, pero las mejores pandemias en humanos de la historia son las nuestras, aunque bien es cierto que nuestra edad dorada fue en 1918, cuando nos cargamos a casi 100 millones de humanos —dijo A sin querer alardear. Me quedé atónito, era algo majestuoso. Nunca había oído nada parecido.

—¿Ves? ya te dije que estos tipos eran la leche —Me dijo B riendo.

—De todos modos cada año es más difícil —continuó A—, porque os tengo que confesar que no lo hacíamos solos. Teníamos un convenio con algunas bacterias para que atacasen por la retaguardia mientras nosotros nos batíamos con los anticuerpos. Y eran bacterias tan bestias que provocaban unas neumonías mortales, pero claro, hemos tenido que rescindirles el contrato porque no son capaces de hacer frente a los antibióticos y ahora caen como moscas. Llevan mal lo de innovar y claro, así no se puede.

—¡Qué nos vas a contar, si nosotros mutamos todos los años! —les dije, sintiéndome orgulloso de ser un tipo C.

—¡Toma! Pues como todos los tipos de influenzavirus —me dijo B—. Esa es nuestra principal ventaja competitiva: que somos los mayores pioneros del mundo.

—Y eso que no hablamos de lo que hacemos en otros animales, porque en patos también las hemos liado pardas —el tipo A nos miraba con orgullo mientras hablaba.

—¿Qué me cuentas? ¿En patos? ¡Ala! De eso no me habías dicho nada —B estaba emocionado—. Nosotros sólo vivimos en humanos.

—Bueno B —intervine—, nosotros en patos no, pero en cerdos sí que hemos hecho algo también.

—Pues nosotros… —B hizo memoria—. Bueno, espera, ahora que lo decís sí que recuerdo algo que me contó un familiar de una buena fiesta en… focas.

—¡Focas! —dijimos a la vez A y yo realmente sorprendidos—. ¿En focas? ¿Lo dices en serio?

—Que sí, que sí. No recuerdo los detalles porque me lo tomé a risa, pero ahora que sé lo vuestro creo que también podemos hacerles buenas infecciones a las focas.

—Vaya tela —les dije—. Tan parecidos y tan distintos. Menos mal que tenemos las infecciones en humanos en común, que si no a ver cómo nos hubiésemos conocido. De todos modos, ¿no tenéis a más de vuestro tipo por aquí?

—No, que va. Nos hemos quedado solos. En algún momento nos despistamos y nos dispersamos solos. De ahí que no tengamos prisa en infectar, porque nosotros solos poco vamos a poder hacer.

—Hay que ser más disciplinados, hombre —reflexioné—. Que sin compañeros no hay fiesta. Bastante fallamos ya de por sí, que para que un virus logre infectar una célula con su material genético casi que tiene que sonar la flauta, que tenemos muy malas estadísticas al respecto.

—Yo creo que es porque gastamos tanto tiempo en investigar mutaciones que nos hagan invisibles a los sistemas inmunes que no sacamos ideas para mejorar la infección.

—Puede que tengas razón, B. Si queréis podéis uniros a nosotros. Ya sé que una infección con los C no es tan emocionante, A, pero es lo que hay, o eso o nada.

—Pues venga, yo me uno —dijo B.

—Bueno va, si no me queda otra… —dijo A un poco triste.

—Vale, pues esperaremos a la señal.

 

Estuvimos paseando por la zona un tiempo. Palpábamos el terreno eligiendo células que fuesen buenas para infectar. De vez en cuando pasaban algunos linfocitos de reconocimiento por allí y nos echábamos unas risas a su costa, pues no se enteraban de la misa la media y nos trataban como a meros turistas. B, que era un cachondo mental, incluso llegó a hacerse algún selfie con ellos.

Pasamos unos buenos ratos. Saludábamos a los compañeros que aún seguían pasando por allí, nos contábamos batallitas de otras epidemias y disfrutábamos metiéndoles miedo a las células, a las que palpábamos lascivamente, como quien palpa un jugoso bizcocho. Por muy simple que sea la vida puede ser un gran placer si se tiene una buena compañía.

 

Cuando por fin llegó la señal ya teníamos bien claro a qué célula nos íbamos a fijar. Corrimos a nuestras posiciones e iniciamos el protocolo de replicación. Sentí escalofríos cuando mi cápside esférica se fundió con la membrana citoplasmática de la célula hospedadora. Pude sentir su miedo exacerbado, pero eso sólo me excitaba más. Fui penetrando poco a poco, hasta completar el placentero proceso de endocitosis. Me olvidé por completo de mis amigos B y A y de todos mis compañeros. Era un momento para disfrutar en soledad, la máxima realización a la que puede aspirar un virus como yo.

Todo iba saliendo a la perfección. El protocolo de fijación es realmente complejo y pocas veces termina exitosamente. Os lo cuento así de una manera sencilla, pero es realmente complejo: intervienen multitud de factores, proteínas específicas que hay que saber muy bien dónde poner y receptores celulares que hay que estimular de una determinada forma para que la célula te deje entrar.

Dentro de la célula eucariota, esas que tienen núcleo y otras muchas estructuras complejas, como son las de los humanos, todo parece un sueño. Hay multitud de orgánulos que nos son completamente exóticos. Nosotros, los virus somos mucho más sencillos, apenas una cápside de proteínas y un poco de material genético. Incluso los virus de la gripe ni siquiera tenemos ADN, que es material genético complejo de doble cadena, sino que tenemos ARN, que es de cadena única. Muchos pensarán que por ser simples somos despreciables, pero que va, no tenemos ningún complejo de inferioridad. Nosotros sabemos que en la sencillez está la belleza. Es más que probable que nuestros antepasados, hace millones de años, también fueran células procariotas, de esas sin núcleo, como las bacterias. Pero descubrimos que la sencillez era muchísimo más ventajosa si decides vivir de parásito. Por eso evolucionamos despojándonos de todo lo prescindible. ¿Para qué malgastar energía en desarrollar complejos sistemas de reproducción y respiración celular si los puedes tomar prestados de otras células? Cuanto más posees más esclavo te vuelves; más vulnerable. Gracias a nuestra sencillez podemos resistir las más duras condiciones y somos muy difíciles de atacar, pues apenas tenemos puntos débiles. Ya ves, somos muy zen.

 

Solté mis ocho fragmentos de material genético y alguna proteína accesoria y disfruté contemplando como la célula lo fue integrando en su núcleo como si fuese su propio ARN. Imaginaros el placer: toda la célula eucariota, con su soberbia, con sus aires de superioridad, de ser más compleja, más evolucionada, trabajando para mí, un sencillo virus que de nada presume. ¡Cuántas tonterías asociada a la evolución, con todo eso de la complejidad y el progreso puestas en entredicho con mi simple infección!

Primero transcribirá el ARN y después lo traducirá, bloqueando todo su propio mecanismo celular hasta que termine con lo mío. En mi ARN está toda la información necesaria para que la célula lo traduzca y construya las proteínas que forman el cuerpo vírico y las rellene con copias de mi material genético. Eso sí, como los virus de la gripe somos unos innovadores natos, hacemos que cada nuevo virus formado lleve una mutación. Así, cuando salgan al exterior de la célula, en un proceso prácticamente inverso al de cómo entré yo, el sistema inmune del humano no los podrá reconocer ni, por tanto, atacar.

Es por eso que el cuerpo de los humanos se vuelve loco con nosotros. Se podría decir que se defiende a cañonazos, siendo nosotros moscas. Los linfocitos se llevan todo lo que pillan por delante, se producen procesos inflamatorios y febriles con el fin de exterminarnos, pero el cuerpo también sufre, y empiezan los mocos, los dolores y la tos.

 

Ahora que la infección está en su apogeo, calentito y con sensación de plenitud, puedo escuchar los estornudos y toses de mi anfitrión. Son música para mis oídos. Puedo sentir a mis descendientes dispuestos a salir despedidos con cada golpe de tos, ansiosos de conquistar nuevos territorios, al igual que yo conquisté este.

 

¿Y yo? Bueno, puede que este sea mi fin. Mi placentero fin. O quizá no, quizá quede una parte de mí en cada nuevo virus producido. Muchos caerán en esta infección, pues al final, el sistema inmune es un digno enemigo y termina por imponer la calma, aunque tarde una semana en enterarse de qué va la vaina. Pero otros muchos habrán salido para participar en nuevas infecciones o quedarán escondidos y latentes en algún frío lugar a la espera de un nuevo cambio de estación.

Sea como fuere, siempre seremos parte de tu vida. Sólo te pedimos una cosa: no nos confundas con un vulgar catarro de tres al cuarto, los virus de la Gripe somos mucho más. Somos la victoria de la sencillez.

Licencia de Creative Commons
La Victoria de la Sencillez by Ibán Revilla is licensed under a Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional License.

DESCARGAR